Reseña Histórica de los Puertos de Cantabria

La actividad marítima en las costas atlánticas europeas está documentada iconográficamente, por lo menos, desde la Edad del Bronce, hace algo más de cuatro mil años. En las costas cantábricas se navegaba.

Los hombres de Augusto, el primer emperador y conquistador definitivo de Cantabria, levantaron junto a la actual Reinosa la ciudad de Julióbriga, especie de capital administrativa de la región, y su Puerto de la Victoria (Santander) hacia el año 25 antes de Cristo, lo que inició la articulación del primer sistema portuario de la región. Por su parte, Vespasiano fundó en el año 69 y en la costa del pueblo de los autrigones, vecino y afín a los cántabros, la única colonia de veteranos romanos que hubo en el Cantábrico: Flavióbriga, actual puerto y ciudad de Castro Urdiales. Otros puertos romanos documentados en la región fueron Portus Blendium (Suances) y Portus Vereasueca (San Vicente de la Barquera). Desde todos ellos, y a través de las calzadas que pronto cruzaron la región, exportaban los ocupantes el mineral de las minas de hierro y galena que enseguida pusieron en explotación.

Aunque la actividad marítima se mantuvo con mayor o menor intensidad a lo largo del tiempo, fue durante la transición entre los siglos XII y XIII, cuando el rey Alfonso VIII decidió la promoción demográfica y económica de la fachada marítima del reino de Castilla, entonces únicamente limitada a la costa de Cantabria, mediante el otorgamiento del estatuto privilegiado de los fueros a cinco de sus villas: Castro Urdiales (1173), Santander (1187), Laredo (1200), Santillana (1209) y San Vicente de la Barquera (1210). Simultáneamente a la consecución de tal condición, el mismo rey promulgó el Estatuto de Naufragios (1180), y reguló el estratégico comercio de la sal (1203), lo que tuvo como consecuencia, de un lado, la salvaguarda del comercio marítimo y, de otro, el incremento de la actividad pesquera, al facilitar su conservación en salazón y consecuente posibilidad de comercializarlo a distancia.

El fuerte aumento de la población mareante y pescadora en la cuatro villas portuarias de Cantabria, atraída del entorno rural por las libertades que el fuero les proporcionaba, transformó pronto a aquellos hombres en expertos navegantes, adiestrados en la dura y peligrosa brega con las aguas del océano. Ello posibilitó un rápido desarrollo del comercio marítimo, lo que incrementó los contingentes de barcos disponibles y de hombres expertos en su manejo, que se fueron haciendo presentes en todo el Occidente europeo, a la vez que adquirían fama por su eficacia guerrera y lograban nuevos privilegios para sus villas, gracias a la colaboración que prestaron en la conquista de  los reinos de Murcia y Al Andalus, así como al control del estrecho de Gibraltar, por primera vez abierto a los tráficos cristianos por los mareantes del Cantábrico.

El creciente poder económico y militar de los puertos de Cantabria consolidó los ámbitos jurisdiccionales marítimos otorgados por los fueros, de modo que, sumados los tramos de costa asignados a cada una de las villas portuarias, coinciden casi exactamente con el litoral actual de la región. Prácticamente la totalidad del actual territorio regional era conocido durante los siglos XIII y XIV bajo el apelativo común de "Peñas de Amaya fasta el mar", nombre en que pudiera percibirse implícita una alusión a la antigua Cantabria combatida por los visigodos.

La activa participación de los hombres de La Montaña en la gran expansión oceánica protagonizada por la Monarquía Hispánica, a través de los barcos construidos en sus riberas y de los hombres que los pilotaron, incrementó las relaciones con gentes de otras latitudes, no solamente por parte de los moradores en las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, sino también de los procedentes de un amplio traspaís superpoblado, que a su través salía al mundo. Ello tuvo la virtud de imprimir hondas huellas en las mentes de la población de las zonas más próximas al litoral, puesta de manifiesto en una notable capacidad de adaptación y abierta actitud receptiva ante las novedades.

Concluida la Guerra de Sucesión, a la llegada de la Dinastía Borbónica la Hermandad de las Cuatro Villas de la Costa con la Merindad de Trasmiera ganaron a la Real Hacienda, tras diez años de pleito, el derecho a mantener la franquicia para las importaciones (1726). Este fue uno de los principales motivos para que se decantara la voluntad de integrar a todas las jurisdicciones de la región en una gran federación representativa a la que denominaron Provincia de Cantabria (1727); iniciativa que, después de diversos avatares, cristalizó en 1778 y consiguió la sanción real al año siguiente. Para entonces, la mayor parte de la región ya había logrado emanciparse de la jurisdicción eclesiástica del arzobispado de Burgos, acogida al nuevo obispado de Santander (1754), y la propia Corona había puesto las bases de la autonomía de gestión y promoción económica al habilitar este puerto para los tráficos con América (1765 y 1778) y crear el Consulado de Mar y Tierra de Santander, con jurisdicción sobre toda la región. También en el ámbito militar se había dado el salto desde las viejas milicias concejiles a la organización del Regimiento de Milicias Provincial, que primero se llamó de Cuatro Villas, luego de Santander y por fin de Laredo.

En 1801 se creó la Provincia Marítima de Santander, a la que durante la dominación francesa se denominó Departamento de Cabo Mayor y Prefectura de Santander. Jurada la Constitución de Cádiz en 1812, se constituyó la primera Diputación Provincial Constitucional y en 1816 se restableció la Provincia Marítima de Santander. En la propuesta elevada a las Cortes durante el Trienio Liberal se denominaba a toda la región como Provincia de Cantabria; no obstante, sería en 1829 cuando se inició el proceso de conformación definitiva del territorio regional, culminado en el decreto de 30 de noviembre de 1833, por el que se creaban las actuales provincias españolas. Así ha llegado este territorio hasta la Constitución de 1978, que instituyó el Estado de las Autonomías, en cuyo seno se reconoció a esta región la condición de Comunidad Autónoma uniprovincial bajo el nombre de Cantabria, mediante la Ley Orgánica aprobada por las Cortes Generales el 30 de diciembre de 1981.

La recuperación mercantil y el incipiente desarrollo industrial hubieron de esperar a la madurez del Siglo de las Luces, y fueron consecuencia de la acción de montañeses encumbrados en el aparato estatal y de la manifiesta voluntad de la Corona. A la vez que de los valles surgía la voluntad de conformar órganos representativos unitarios que abarcaran a toda la región, desde la participación igualitaria, la realidad económica forjaba una articulación radicalmente diferente del territorio, claramente polarizado a partir de entonces sobre el punto nodal del Puerto de Santander.

El tráfico americano y europeo fue el motor de un progresivo desarrollo mercantil y subsidiariamente industrial, que llevó durante el siglo XIX y primera mitad del XX a este territorio periférico a los primeros puestos de renta entre las provincias españolas; al comienzo mediante el trasiego de productos foráneos, más tarde, con la movilización de los recursos regionales.

En las últimas décadas, las flotas pesqueras de los siete puertos autonómicos han sido objeto de una profunda renovación, con el efecto de aumentar considerablemente la capacidad extractiva, a pesar de la reducción del número de unidades. En cualquier caso, se afronta con preocupación la evidente reducción de los recursos biológicos en aguas europeas, mientras se ponen en marcha alternativas como los puertos deportivos que se están construyendo en la región.